Nada más empezar Flesh Made Fear tuve claro cuál era su objetivo: recuperar la esencia de los grandes survival horror de finales de los 90. Y lo consigue desde el primer minuto. Cámaras fijas, controles inspirados en los clásicos, munición limitada y una sensación constante de que cualquier pasillo puede esconder algo que no quiero encontrarme.
Lo que más me ha gustado durante estas primeras horas ha sido la atmósfera. El juego no necesita llenar la pantalla de enemigos para generar tensión. Al contrario, aprovecha muy bien el silencio, la iluminación y unos escenarios que desprenden ese aire inquietante que tantos buenos recuerdos me trae de la primera PlayStation.
En cuanto a la jugabilidad, la gestión del inventario vuelve a ser una parte importante de la experiencia. Cada bala cuenta y constantemente tengo que decidir si merece la pena enfrentarme a un enemigo o intentar esquivarlo para ahorrar recursos. Esa toma de decisiones hace que avanzar resulte mucho más emocionante que en otros juegos de terror más centrados en la acción.
También me ha convencido el sistema de exploración. El mapa invita a volver sobre tus pasos para abrir nuevas zonas, resolver puzles y encontrar objetos clave. Los rompecabezas no me han parecido excesivamente complicados, pero cumplen perfectamente su función de romper el ritmo de los combates y obligarme a prestar atención al entorno.
Visualmente no busca competir con las grandes superproducciones actuales, sino capturar el estilo de los clásicos. Esa decisión artística le sienta muy bien y ayuda a reforzar su identidad. Si creciste jugando a los primeros Resident Evil, seguramente entenderás enseguida lo que pretende transmitir.
No todo es perfecto. Los controles inspirados en la vieja escuela pueden resultar algo duros para quienes nunca hayan jugado a este tipo de títulos, y el ritmo pausado puede echar para atrás a quienes esperen una experiencia más moderna o frenética. Sin embargo, creo que son decisiones de diseño totalmente conscientes y que forman parte de su personalidad.
Primeras conclusiones
Después de este primer contacto me he quedado con muy buenas sensaciones. Flesh Made Fear entiende perfectamente qué hacía especiales a los survival horror clásicos y sabe trasladar esa filosofía a una propuesta actual sin perder su propia identidad.
Todavía me queda mucho por descubrir, pero si mantiene este nivel de tensión, exploración y gestión de recursos hasta el final, creo que puede convertirse en una de las sorpresas más interesantes para cualquier amante del terror clásico.
